EL HOMBRE QUE PINTÓ AL DRAGÓN GRIAULE

Si Ray Bradbury hubiese tenido una etapa hippie y hubiese consumido la suficiente variedad de drogas, sus relatos se habrían parecido mucho a los de Lucius Shepard. Y para un fan a ultranza de Bradbury cómo yo, eso ya es decir mucho. Pero es que lo habitual en una colección de relatos de cualquier clase es que la calidad de los relatos sea irregular; si un autor consigue encadenar siete relatos tan originales, inquietantes y bien escritos cómo los de esta colección, bien se merece una comparación con Bradbury. Shepard sabe entretejer historias de un realismo crudo, con descripciones muy vívidas de lugares tan variopintos cómo Vietnam, Paraguay, la remota isla caribeña de Guanoja Menor o la misma España de los últimos años de la dictadura de Franco, con sutiles elementos sobrenaturales que desconciertan a los propios narradores de las historias. Sólo en el relato qué da nombre al libro, tal vez el mejor de los siete, se zambulle de lleno en el género fantástico describiendo de forma igualmente evocadora una ciudad que vive a la sombra, física y espiritual, de un gigantesco dragón y del hombre que planea matarlo pintándolo. Es una lástima que Shepard, un autor de prestigio qué ha ganado en numerosas ocasiones los premios Hugo y Nebula, haya sido publicado en castellano en tan pocas ocasiones, porque desde luego me ha dejado con ganas de más.
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Veredicto: 8,5 Muy Bueno

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